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martes, 8 de mayo de 2018
Horacio Quiroga. Cuentos de la selva para los niños: 5. La gama ciega
La gama ciega
Había una vez un venado —una gama— que tuvo dos hijos mellizos, cosa
rara entre los venados. Un gato montés se comió a uno de ellos, y quedó sólo la
hembra. Las otras gamas, que la querían mucho, le hacían siempre cosquillas en
los costados.
Su madre le hacía repetir todas las mañanas, al rayar el día, la oración de
los venados. Y dice así:
I
Hay que oler bien primero las hojas antes de comerlas, porque algunas
son venenosas.
II
Hay que mirar bien el río y quedarse quieto antes de bajar a beber, para
estar seguro de que no hay yacarés.
III
Cada media hora hay que levantar bien alto la cabeza y oler el viento,
para sentir el olor del tigre.
IV
Cuando se come pasto del suelo, hay que mirar siempre antes los yuyos
para ver si hay víboras.
Éste es el padrenuestro de los v enados chicos. Cuando la gamita lo hubo
aprendido bien, su madre la dejó andar sola.
Una tarde, sin embargo, mientras la gamita recorría el monte comiendo las
hojitas tiernas, vio de pronto ante ella, en el hueco de un árbol que estaba
podrido, muchas bolitas juntas que colgaban. Tenían un color oscuro, como el
de las pizarras.
¿Qué sería? Ella tenía también un poco de miedo, pero como era muy
traviesa, dio un cabezazo a aquellas cosas, y disparó.
Vio entonces que las bolitas se habían rajado, y que caían gotas. Habían
salido también muchas mosquitas rubias de cintura muy fina, que caminaban
apuradas por encima.
La gama se acercó, y las mosquitas no la picaron. Despacito, entonces, muy
despacito, probó una gota con la punta de la lengua, y se relamió con gran
placer: aquellas gotas eran miel, y miel riquísima, porque las bolas de color
pizarra eran una colmena de abejitas que no picaban porque no tenían aguijón.
Hay abejas así.
En dos minutos la gamita se tomó toda la miel, y loca de contento fue a
contarle a su mamá. Pero la mamá la reprendió seriamente.
—Ten mucho cuidado, mi hija —le dijo—, con los nidos de abejas. La miel
es una cosa muy rica, pero es muy peligroso ir a sacarla. Nunca te metas con los
nidos que veas.
La gamita gritó contenta:
—¡Pero no pican, mamá! Los tábanos y las uras sí pican; las abejas, no.
—Estás equivocada, mi hija —continuó la madre—. Hoy has tenido suerte,
nada más. Hay abejas y avispas muy malas. Cuidado, mi hija, porque me vas a
dar un gran disgusto.
—¡Sí, mamá! ¡Sí, mamá! —respondió la gamita. Pero lo primero que hizo a
la mañana siguiente, fue seguir los senderos que habían abierto los hombres en
el monte, para ver con más facilidad los nidos de abejas.
Hasta que al fin halló uno. Esta vez el nido tenía abejas oscuras, con una
fajita amarilla en la cintura, que caminaban por encima del nido. El nido
también era distinto; pero la gamita pensó que, puesto que estas abejas eran
más grandes, la miel debía ser más rica.
Se acordó asimismo de la recomendación de su mamá; mas creyó que su
mamá exageraba, como exageran siempre las madres de las gamitas. Entonces
le dio un gran cabezazo al nido.
¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! Salieron enseguida cientos de avispas,
miles de avispas que le picaron en todo el cuerpo, le llenaron todo el cuerpo de
picaduras, en la cabeza, en la barriga, en la cola; y lo que es mucho peor, en los
mismos ojos. La picaron más de diez en los ojos.
La gamita, loca de dolor, corrió y corrió gritando, hasta que de repente
tuvo que pararse porque no veía más: estaba ciega, ciega del todo.
Los ojos se le habían hinchado enormemente, y no veía más. Se quedó
quieta entonces, temblando de dolor y de miedo, y sólo podía llorar
desesperadamente.
—¡Mamá!… ¡Mamá!…
Su madre, que había salido a buscarla, porque tardaba mucho, la halló al
fin, y se desesperó también con su gamita que estaba ciega. La llevó paso a paso
hasta su cubil, con la cabeza de su hija recostada en su pescuezo, y los bichos del
monte que encontraban en el camino, se acercaban todos a mirar los ojos de la
infeliz gamita.
La madre no sabía qué hacer. ¿Qué remedios podía hacerle ella? Ella sabía
bien que en el pueblo que estaba del otro lado del monte vivía un hombre que
tenía remedios. El hombre era cazador, y cazaba también venados, pero era un
hombre bueno.
La madre tenía miedo, sin embargo, de llevar a su hija a un hombre que
cazaba gamas. Como estaba desesperada se decidió a hacerlo. Pero antes quiso
ir a pedir una carta de recomendación al Oso Hormiguero, que era gran amigo
del hombre.
Salió, pues, después de dejar a la gamita bien oculta, y atravesó corriendo
el monte, donde el tigre casi la alcanza. Cuando llegó a la guarida de su amigo,
no podía dar un paso más de cansancio.
Este amigo era, como se ha dicho, un oso hormiguero; pero era de una
especie pequeña, cuyos individuos tienen un color amarillo, y por encima del
color amarillo una especie de camiseta negra sujeta por dos cintas que pasan
por encima de los hombros. Tienen también la cola prensil, porque viven
siempre en los árboles, y se cuelgan de la cola.
¿De dónde provenía la amistad estrecha entre el Oso Hormiguero y el
cazador? Nadie lo sabía en el monte; pero alguna vez ha de llegar el motivo a
nuestros oídos.
La pobre madre, pues, llegó hasta el cubil del oso hormiguero.
—¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! —llamó jadeante.
—¿Quién es? —respondió el Oso Hormiguero.
—¡Soy yo, la gama!
—¡Ah, bueno! ¿Qué quiere la gama?
—Vengo a pedirle una tarjeta de recomendación para el cazador. La
gamita, mi hija, está ciega.
—¿Ah, la gamita? —le respondió el Oso Hormiguero—. Es una buena
persona. Si es por ella, sí le doy lo que quiere. Pero no necesita nada escrito…
Muéstrele esto, y la atenderá.
Y con el extremo de la cola, el oso hormiguero le extendió a la gama una
cabeza seca de víbora, completamente seca, que tenía aún los colmillos
venenosos.
—Muéstrele esto —dijo aún el comedor de hormigas—. No se precisa más.
—¡Gracias, Oso Hormiguero! —respondió contenta la gama—. Usted
también es una buena persona.
Y salió corriendo, porque era muy tarde y pronto iba a amanecer.
Al pasar por su cubil recogió a su hija, que se quejaba siempre, y juntas
llegaron por fin al pueblo, donde tuvieron que caminar muy despacito y
arrimarse a las paredes, para que los perros no las sintieran. Ya estaban ante la
puerta del cazador.
—¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! —golpearon.
—¿Qué hay? —respondió una voz de hombre, desde adentro.
—¡Somos las gamas!… ¡TENEMOS LA CABEZA DE VÍBORA!
La madre se apuró a decir esto, para que el hombre supiera bien que ellas
eran amigas del Oso Hormiguero.
—¡Ah, ah! —dijo el hombre, abriendo la puerta—. ¿Qué pasa?
—Venimos para que cure a mi hija, la gamita, que está ciega.
Y contó al cazador toda la historia de las abejas.
—¡Hum!… Vamos a ver qué tiene esta señorita —dijo el cazador. Y
volviendo a entrar en la casa, salió de nuevo con una sillita alta, e hizo sentar en
ella a la gamita para poderle ver bien los ojos sin agacharse mucho. Le examinó
así los ojos, bien de cerca con un vidrio redondo muy grande, mientras la mamá
alumbraba con el farol de viento colgado de su cuello.
—Esto no es gran cosa —dijo por fin el cazador, ayudando a bajar a la
gamita—. Pero hay que tener mucha paciencia. Póngale esta pomada en los ojos
todas las noches, y téngala veinte días en la oscuridad. Después póngale estos
lentes amarillos, y se curará.
—¡Muchas gracias, cazador! —respondió la madre, muy contenta y
agradecida—. ¿Cuánto le debo?
—No es nada —respondió sonriendo el cazador—. Pero tenga mucho
cuidado con los perros, porque en la otra cuadra vive precisamente un hombre
que tiene perros para seguir el rastro de los venados.
Las gamas tuvieron gran miedo; apenas pisaban, y se detenían a cada
momento. Y con todo, los perros las olfatearon y las corrieron media legua
dentro del monte. Corrían por una picada muy ancha, y delante la gamita iba
balando.
Tal como lo dijo el cazador se efectuó la curación. Pero sólo la gama supo
cuánto le costó tener encerrada a la gamita en el hueco de un gran árbol,
durante veinte días interminables. Adentro no se veía nada.
Por fin una mañana la madre apartó con la cabeza el gran montón de
ramas que había arrimado al hueco del árbol para que no entrara luz, y la
gamita con sus lentes amarillos, salió corriendo y gritando:
—¡Veo, mamá! ¡Ya veo todo!
Y la gama, recostando la cabeza en una rama, lloraba también de alegría, al
ver curada su gamita.
Y se curó del todo. Pero aunque curada, y sana y contenta, la gamita tenía
un secreto que la entristecía. Y el secreto era éste: ella quería a toda costa
pagarle al hombre que tan bueno había sido con ella, y no sabía cómo.
Hasta que un día creyó haber encontrado el medio. Se puso a recorrer la
orilla de las lagunas y bañados, buscando plumas de garza para llevarle al
cazador. El cazador, por su parte, se acordaba a veces de aquella gamita ciega
que él había curado.
Y una noche de lluvia estaba el hombre leyendo en su cuarto, muy
contento porque acababa de componer el techo de paja, que ahora no se llovía
más; estaba leyendo cuando oyó que llamaban. Abrió la puerta, y vio a la gamita
que le traía un atadito, un plumerito todo mojado de plumas de garza.
El cazador se puso a reír, y la gamita, avergonzada porque creía que el
cazador se reía de su pobre regalo, se fue muy triste. Buscó entonces plumas
muy grandes, bien secas y limpias, y una semana después volvió con ellas; y esta
vez el hombre, que se había reído la vez anterior de cariño, no se río esta vez
porque la gamita no comprendía la risa. Pero en cambio le regaló un tubo de
tacuara lleno de miel, que la gamita tomó loca de contento.
Desde entonces la gamita y el cazador fueron grandes amigos. Ella se
empeñaba siempre en llevarle plumas de garza que valen mucho dinero, y se
quedaba las horas charlando con el hombre. Él ponía siempre en la mesa un
jarro enlozado lleno de miel, y arrimaba la sillita alta para su amiga. A veces le
daba también cigarros que las gamas comen con gran gusto, y no les hacen mal.
Pasaban así el tiempo, mirando la llama, porque el hombre tenía una estufa de
leña mientras afuera el viento y la lluvia sacudían el alero de paja del rancho.
Por temor a los perros, la gamita no iba sino en las noches de tormenta. Y
cuando caía la tarde y empezaba a llover, el cazador colocaba en la mesa el
jarrito con miel y la servilleta, mientras él tomaba café y leía, esperando en la
puerta el ¡tan-tan! bien conocido de su amiga la gamita.
Horacio Quiroga. Cuentos de la selva para los niños: 4. La guerra de los yacarés
La guerra de los yacarés
En un río muy grande, en un país desierto donde nunca había estado el
hombre, vivían muchos yacarés. Eran más de cien o más de mil. Comían peces,
bichos que iban a tomar agua al río, pero sobre todo peces. Dormían la siesta en
la arena de la orilla, y a veces jugaban sobre el agua cuando había noches de
luna.
Todos vivían muy tranquilos y contentos. Pero una tarde, mientras
dormían la siesta, un yacaré se despertó de golpe y levantó la cabeza porque
creía haber sentido ruido. Prestó oídos y lejos, muy lejos, oyó efectivamente un
ruido sordo y profundo. Entonces llamó al yacaré que dormía a su lado.
—¡Despiértate! —le dijo—. Hay peligro.
—¿Qué cosa? —respondió el otro, alarmado.
—No sé —contestó el yacaré que se había despertado primero—. Siento un
ruido desconocido.
El segundo yacaré oyó el ruido a su vez, y en un momento despertaron a
los otros. Todos se asustaron y corrían de un lado para otro con la cola
levantada.
Y no era para menos su inquietud, porque el ruido crecía, crecía. Pronto
vieron como una nubecita de humo a lo lejos, y oyeron un ruido de chas-chas en
el río como si golpearan el agua muy lejos.
Los yacarés se miraban unos a otros: ¿qué podía ser aquello?
Pero un yacaré viejo y sabio, el más sabio y viejo de todos, un viejo yacaré a
quien no quedaban sino dos dientes sanos en los costados de la boca, y que
había hecho una vez un viaje hasta el mar, dijo de repente:
—¡Yo sé lo que es! ¡Es una ballena! ¡Son grandes y echan agua blanca por
la nariz! El agua cae para atrás.
Al oír esto, los yacarés chiquitos comenzaron a gritar como locos de miedo,
zambullendo la cabeza. Y gritaban:
—¡Es una ballena! ¡Ahí viene la ballena!
Pero el viejo yacaré sacudió de la cola al yacarecito que tenía más cerca.
—¡No tengan miedo! —les gritó—. ¡Yo sé lo que es la ballena! ¡Ella tiene
miedo de nosotros! ¡Siempre tiene miedo!
Con lo cual los yacarés chicos se tranquilizaron. Pero enseguida volvieron a
asustarse, porque el humo gris se cambió de repente en humo negro, y todos
sintieron bien fuerte ahora el chas-chas-chas en el agua. Los yacarés,
espantados, se hundieron en el río, dejando solamente fuera los ojos y la punta
de la nariz. Y así vieron pasar delante de ellos aquella cosa inmensa, llena de
humo y golpeando el agua, que era un vapor de ruedas que navegaba por
primera vez por aquel río.
El vapor pasó, se alejó y desapareció. Los yacarés entonces fueron saliendo
del agua, muy enojados con el viejo yacaré, porque los había engañado,
diciéndoles que eso era una ballena.
—¡Eso no es una ballena! —le gritaron en las orejas, porque era un poco
sordo—. ¿Qué es eso que pasó?
El viejo yacaré les explicó entonces que era un vapor, lleno de fuego, y que
los yacarés se iban a morir todos si el buque seguía pasando. Pero los yacarés se
echaron a reír, porque creyeron que el viejo se había vuelto loco. ¿Por qué se
iban a morir ellos si el vapor seguía pasando? ¡Estaba bien loco el pobre yacaré
viejo!
Y como tenían hambre, se pusieron a buscar peces.
Pero no había ni un pez. No encontraron un solo pez. Todos se habían ido,
asustados por el ruido del vapor. No había más peces.
—¿No les decía yo? —dijo entonces el viejo yacaré—. Ya no tenemos nada
que comer. Todos los peces se han ido. Esperemos hasta mañana. Puede ser que
el vapor no vuelva más, y los peces volverán cuando no tengan más miedo.
Pero al día siguiente sintieron de nuevo el ruido en el agua, y vieron pasar
de nuevo al vapor, haciendo mucho ruido y largando tanto humo que oscurecía
el cielo.
—Bueno —dijeron entonces los yacarés—; el buque pasó ayer, pasó hoy, y
pasará mañana. Ya no habrá más peces ni bichos que vengan a tomar agua, y
nos moriremos de hambre. Hagamos entonces un dique.
—¡Sí, un dique! ¡Un dique! —gritaron todos, nadando a toda fuerza hacia la
orilla—. ¡Hagamos un dique!
Enseguida se pusieron a hacer el dique. Fueron todos al bosque y echaron
abajo más de diez mil árboles, sobre todo lapachos y quebrachos, porque tienen
la madera muy dura… Los cortaron con la especie de serrucho que los yacarés
tienen encima de la cola; los empujaron hasta el agua, y los clavaron a todo lo
ancho del río, a un metro uno del otro. Ningún buque podía pasar por allí, ni
grande ni chico. Estaban seguros de que nadie vendría a espantar los peces. Y
como estaban muy cansados, se acostaron a dormir en la playa.
Al otro día dormían todavía cuando oyeron el chas-chas-chas del vapor.
Todos oyeron, pero ninguno se levantó ni abrió los ojos siquiera. ¿Qué les
importaba el buque? Podía hacer todo el ruido que quisiera, por allí no iba a
pasar.
En efecto: el vapor estaba muy lejos todavía cuando se detuvo. Los
hombres que iban adentro miraron con anteojos aquella cosa atravesada en el
río y mandaron un bote a ver qué era aquello que les impedía pasar. Entonces
los yacarés se levantaron y fueron al dique, y miraron por entre los palos,
riéndose del chasco que se había llevado el vapor.
El bote se acercó, vio el formidable dique que habían levantado los yacarés
y se volvió al vapor. Pero después volvió otra vez al dique, y los hombres del bote
gritaron:
—¡Eh, yacarés!
—¡Qué hay! —respondieron los yacarés, sacando la cabeza por entre los
troncos del dique.
—¡Nos está estorbando eso! —continuaron los hombres.
—¡Ya lo sabemos!
—¡No podemos pasar!
—¡Es lo que queremos!
—¡Saquen el dique!
—¡No lo sacamos!
Los hombres del bote hablaron un rato en voz baja entre ellos y gritaron
después:
—¡Yacarés!
—¿Qué hay? —contestaron ellos.
—¿No lo sacan?
—¡No!
—¡Hasta mañana, entonces!
—¡Hasta cuando quieran!
Y el bote volvió al vapor, mientras los yacarés, locos de contento, daban
tremendos colazos en el agua. Ningún vapor iba a pasar por allí y siempre,
siempre, habría peces.
Pero al día siguiente volvió el vapor, y cuando los yacarés miraron el
buque, quedaron mudos de asombro: ya no era el mismo buque. Era otro, un
buque de color ratón, mucho más grande que el otro. ¿Qué nuevo vapor era ése?
¿Ése también quería pasar? No iba a pasar, no. ¡Ni ése, ni otro, ni ningún otro!
—¡No, no va a pasar! —gritaron los yacarés, lanzándose al dique, cada cual
a su puesto entre los troncos.
El nuevo buque, como el otro, se detuvo lejos, y también como el otro bajó
un bote que se acercó al dique.
Dentro venían un oficial y ocho marineros. El oficial gritó:
—¡Eh, yacarés!
—¡Qué hay! —respondieron éstos.
—¿No sacan el dique?
—No…
—¿No?
—¡No!
—Está bien —dijo el oficial—. Entonces lo vamos a echar a pique a
cañonazos.
—¡Echen! —contestaron los yacarés.
Y el bote regresó al buque.
Ahora bien, ese buque de color ratón era un buque de guerra, un
acorazado, con terribles cañones. El viejo yacaré sabio, que había ido una vez
hasta el mar, se acordó de repente y apenas tuvo tiempo de gritar a los otros
yacarés:
—¡Escóndanse bajo el agua! ¡Ligero! ¡Es un buque de guerra! ¡Cuidado!
¡Escóndanse!
Los yacarés desaparecieron en un instante bajo el agua y nadaron hacia la
orilla, donde quedaron hundidos, con la nariz y los ojos únicamente fuera del
agua. En ese mismo momento, del buque salió una gran nube blanca de humo,
sonó un terrible estampido, y una enorme bala de cañón cayó en pleno dique,
justo en el medio. Dos o tres troncos volaron hechos pedazos, y enseguida cayó
otra bala, y otra y otra más, y cada una hacía saltar por el aire en astillas un
pedazo de dique, hasta que no quedó nada del dique. Ni un tronco, ni una
astilla, ni una cáscara.
Todo había sido deshecho a cañonazos por el acorazado. Y los yacarés,
hundidos en el agua, con los ojos y la nariz solamente afuera, vieron pasar el
buque de guerra, silbando a toda fuerza.
Entonces los yacarés salieron del agua y dijeron:
—Hagamos otro dique mucho más grande que el otro.
Y en esa misma tarde y esa noche misma hicieron otro dique, con troncos
inmensos. Después se acostaron a dormir, cansadísimos, y estaban durmiendo
todavía al día siguiente cuando el buque de guerra llegó otra vez, y el bote se
acercó al dique.
—¡Eh, yacarés! —gritó el oficial.
—¡Qué hay! —respondieron los yacarés.
—¡Saquen ese otro dique!
—¡No lo sacamos!
—¡Lo vamos a deshacer a cañonazos como al otro!
—¡Deshagan… si pueden!
Y hablaban así con orgullo porque estaban seguros de que su nuevo dique
no podría ser deshecho ni por todos los cañones del mundo.
Pero un rato después el buque volvió a llenarse de humo, y con un horrible
estampido la bala reventó en el medio del dique, porque esta vez habían tirado
con granada. La granada reventó contra los troncos, hizo saltar, despedazó,
redujo a astillas las enormes vigas. La segunda reventó al lado de la primera y
otro pedazo de dique voló por el aire. Y así fueron deshaciendo el dique. Y no
quedó nada del dique; nada, nada. El buque de guerra pasó entonces delante de
los yacarés, y los hombres les hacían burlas tapándose la boca.
—Bueno —dijeron entonces los yacarés, saliendo del agua—. Vamos a
morir todos, porque el buque va a pasar siempre y los peces no volverán.
Y estaban tristes, porque los yacarés chiquitos se quejaban de hambre.
El viejo yacaré dijo entonces:
—Todavía tenemos una esperanza de salvarnos. Vamos a ver al Surubí. Yo
hice el viaje con él cuando fui hasta el mar, y tiene un torpedo. Él vio un
combate entre dos buques de guerra, y trajo hasta aquí un torpedo que no
reventó. Vamos a pedírselo, y aunque está muy enojado con nosotros los
yacarés, tiene buen corazón y no querrá que muramos todos.
El hecho es que antes, muchos años antes, los yacarés se habían comido a
un sobrinito del Surubí, y éste no había querido tener más relaciones con los
yacarés. Pero a pesar de todo fueron corriendo a v er al Surubí, que vivía en una
gruta grandísima en la orilla del río Paraná, y que dormía siempre al lado de su
torpedo. Hay surubíes que tienen hasta dos metros de largo y el dueño del
torpedo era uno de éstos.
—¡Eh, Surubí! —gritaron todos los yacarés desde la entrada de la gruta, sin
atreverse a entrar por aquel asunto del sobrinito.
—¿Quién me llama? —contestó el Surubí.
—¡Somos nosotros, los yacarés!
—¡No tengo ni quiero tener relación con ustedes! —respondió el Surubí, de
mal humor.
Entonces el viejo yacaré se adelantó un poco en la gruta y dijo:
—¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo el yacaré que hizo contigo el viaje hasta el
mar!
Al oír esa voz conocida, el Surubí salió de la gruta.
—¡Ah, no te había conocido! —le dijo cariñosamente a su viejo amigo—.
¿Qué quieres?
—Venimos a pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que pasa por
nuestro río y espanta a los peces. Es un buque de guerra, un acorazado. Hicimos
un dique, y lo echó a pique. Hicimos otro, y lo echó también a pique. Los peces
se han ido, y nos moriremos de hambre. Danos el torpedo, y lo echaremos a
pique a él.
El Surubí, al oír esto, pensó un largo rato, y después dijo:
—Está bien; les prestaré el torpedo, aunque me acuerdo siempre de lo que
hicieron con el hijo de mi hermano. ¿Quién sabe hacer reventar el torpedo?
Ninguno sabía, y todos callaron.
—Está bien —dijo el Surubí, con orgullo—, yo lo haré reventar. Yo sé hacer
eso.
Organizaron entonces el viaje. Los yacarés se ataron todos unos con otros;
de la cola de uno al cuello del otro; de la cola de éste al cuello de aquél,
formando así una larga cadena de yacarés que tenía más de una cuadra. El
inmenso Surubí empujó el torpedo hacia la corriente y se colocó bajo él,
sosteniéndolo sobre el lomo para que flotara. Y como las lianas con que estaban
atados los yacarés uno detrás de otro se habían concluido, el Surubí se prendió
con los dientes de la cola del último yacaré, y así emprendieron la marcha. El
Surubí sostenía el torpedo, y los yacarés tiraban, corriendo por la costa. Subían,
bajaban, saltaban por sobre las piedras, corriendo siempre y arrastrando al
torpedo, que levantaba olas como un buque por la velocidad de la corrida. Pero
a la mañana siguiente, bien temprano, llegaban al lugar donde habían
construido su último dique, y comenzaron enseguida otro, pero mucho más
fuerte que los anteriores, porque por consejo del Surubí colocaron los troncos
bien juntos, uno al lado del otro. Era un dique realmente formidable.
Hacía apenas una hora que acababan de colocar el último tronco del dique,
cuando el buque de guerra apareció otra vez, y el bote con el oficial y ocho
marineros se acercó de nuevo al dique. Los yacarés se treparon entonces por los
troncos y asomaron la cabeza del otro lado.
—¡Eh, yacarés! —gritó el oficial.
—¡Qué hay! —respondieron los yacarés.
—¿Otra vez el dique?
—¡Sí, otra vez!
—¡Saquen ese dique!
—¡Nunca!
—¿No lo sacan?
—¡No!
—Bueno; entonces, oigan —dijo el oficial—: Vamos a deshacer este dique, y
para que no quieran hacer otro los vamos a deshacer después a ustedes, a
cañonazos. No va a quedar ni uno solo vivo… ni grandes, ni chicos, ni gordos, ni
flacos, ni jóvenes, ni viejos, como ese viejísimo yacaré que veo allí, y que no
tiene sino dos dientes en los costados de la boca.
El viejo y sabio yacaré, al ver que el oficial hablaba de él y se burlaba, le
dijo:
—Es cierto que no me quedan sino pocos dientes, y algunos rotos. ¿Pero
usted sabe qué van a comer mañana estos dientes? —añadió, abriendo su
inmensa boca.
—¿Qué van a comer, a ver? —respondieron los marineros.
—A ese oficialito —dijo el yacaré y se bajó rápidamente de su tronco.
Entretanto, el Surubí había colocado su torpedo bien en medio del dique,
ordenando a cuatro yacarés que lo agarraran con cuidado y lo hundieran en el
agua hasta que él les avisara. Así lo hicieron. Enseguida, los demás yacarés se
hundieron a su vez cerca de la orilla, dejando únicamente la nariz y los ojos
fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su torpedo.
De repente el buque de guerra se llenó de humo y lanzó el primer cañonazo
contra el dique. La granada reventó justo en el centro del dique, e hizo volar en
mil pedazos diez o doce troncos.
Pero el Surubí estaba alerta y apenas quedó abierto el agujero en el dique,
gritó a los yacarés que estaban bajo el agua sujetando el torpedo:
—¡Suelten el torpedo! ¡Ligero, suelten!
Los yacarés soltaron, y el torpedo vino a flor de agua.
En menos del tiempo que se necesita para contarlo, el Surubí colocó el
torpedo bien en el centro del boquete abierto, apuntando con un solo ojo, y
poniendo en movimiento el mecanismo del torpedo, lo lanzó contra el buque.
¡Ya era tiempo! En ese instante el acorazado lanzaba su segundo cañonazo
y la granada iba a reventar entre los palos, haciendo saltar en astillas otro
pedazo del dique.
Pero el torpedo llegaba ya al buque, y los hombres que estaban en él lo
vieron: es decir, vieron el remolino que hace en el agua un torpedo. Dieron
todos un gran grito de miedo y quisieron mover el acorazado para que el
torpedo no lo tocara.
Pero era tarde; el torpedo llegó, chocó con el inmenso buque bien en el
centro, y reventó.
No es posible darse cuenta del terrible ruido con que reventó el torpedo.
Reventó, y partió el buque en quince mil pedazos; lanzó por el aire, a cuadras y
cuadras de distancia, chimeneas, máquinas, cañones, lanchas, todo.
Los yacarés dieron un grito de triunfo y corrieron como locos al dique.
Desde allí vieron pasar por el agujero abierto por la granada a los hombres
muertos, heridos y algunos vivos que la corriente del río arrastraba.
Se treparon amontonados en los dos troncos que quedaban a ambos lados
del boquete y cuando los hombres pasaban por allí, se burlaban tapándose la
boca con las patas.
No quisieron comer a ningún hombre, aunque bien lo merecían. Sólo
cuando pasó uno que tenía galones de oro en el traje y que estaba vivo, el viejo
yacaré se lanzó de un salto al agua, y ¡tac! en dos golpes de boca se lo comió.
—¿Quién es ése? —preguntó un yacarecito ignorante.
—Es el oficial —le respondió el Surubí—. Mi viejo amigo le había
prometido que lo iba a comer, y se lo ha comido.
Los yacarés sacaron el resto del dique, que para nada servía ya, puesto que
ningún buque volvería a pasar por allí. El Surubí, que se había enamorado del
cinturón y los cordones del oficial, pidió que se los regalaran, y tuvo que
sacárselos de entre los dientes al viejo yacaré, pues habían quedado enredados
allí. El Surubí se puso el cinturón, abrochándolo por bajo las aletas, y del
extremo de sus grandes bigotes prendió los cordones de la espada. Como la piel
del Surubí es muy bonita, y las manchas oscuras que tiene se parecen a las de
una víbora, el Surubí nadó una hora pasando y repasando ante los yacarés, que
lo admiraban con la boca abierta.
Los yacarés lo acompañaron luego hasta su gruta, y le dieron las gracias
infinidad de veces. Volvieron después a su paraje. Los peces volvieron también,
los yacarés vivieron y viven todavía muy felices, porque se han acostumbrado al
fin a ver pasar vapores y buques que llevan naranjas.
Pero no quieren saber nada de buques de guerra.
Horacio Quiroga. Cuentos de la selva para los niños: 3. El loro pelado
El loro pelado
Había una vez una bandada de loros que vivía en el monte.
De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían
naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de
centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.
Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para
picotearlos, los cuales, después, se pudren con la lluvia. Y como al mismo
tiempo los loros son ricos para comerlos guisados, los peones los cazaban a
tiros.
Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y
peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los
hijos del patrón; los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota. El
loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se llamaba Pedrito.
Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y con el
pico les hacía cosquillas en la oreja.
Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del
jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la
tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también
en el comedor, y se subía con el pico y las patas por el mantel, a comer pan
mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.
Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas,
que el loro aprendió a hablar. Decía: «¡Buen día, lorito!…» «¡Rica la papa!…»
«¡Papa para Pedrito!…» Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque
los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.
Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción
de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando
como un loco.
Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean
todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o’clock tea.
Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia
salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar
gritando:
—¡Qué lindo día, lorito!… ¡Rica papa!… ¡La pata, Pedrito!… —y volaba
lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una
lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió, siguió volando, hasta que se asentó
por fin en un árbol a descansar.
Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos
luces verdes, como enormes bichos de luz.
—¿Qué será? —se dijo el loro—. ¡Rica papa!… ¿Qué será eso?… ¡Buen día,
Pedrito!…
El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras
sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue
bajando de rama en rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces
verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.
Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún
miedo.
—¡Buen día, tigre! —le dijo—. ¡La pata, Pedrito!…
Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene, le respondió:
—¡Bu-en dí-a!
—¡Buen día, tigre! —repitió el loro—. ¡Rica papa!… ¡rica papa!… ¡rica
papa!…
Y decía tantas veces «¡rica papa!» porque ya eran las cuatro de la tarde, y
tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los
bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre.
—¡Rico té con leche! —le dijo—. ¡Buen día, Pedrito!… ¿Quieres tomar té
con leche conmigo, amigo tigre?
Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y
además, como tenía a su vez hambre, se quiso comer al pájaro hablador. Así que
le contestó:
—¡Bue-no! ¡Acer-ca-te un po-co que soy sor-do!
El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para
agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían
en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico
amigo. Y voló hasta otra rama más cerca del suelo.
—¡Rica papa, en casa! —repitió, gritando cuanto podía.
—¡Más cer-ca! ¡No oi-go! —respondió el tigre con su voz ronca.
El loro se acercó un poco más y dijo:
—¡Rico té con leche!
—¡Más cer-ca toda-vía! —repitió el tigre.
El pobre loro se acercó aún más, y en ese momento el tigre dio un terrible
salto, tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No
alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No
le quedó una sola pluma en la cola.
—¡Tomá! —rugió el tigre—. Andá a tomar té con leche…
El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar
bien, porque le faltaba la cola, que es como el timón de los pájaros. Volaba
cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban
se alejaban asustados de aquel bicho raro.
Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo
de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede
darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en
el comedor con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco
de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando
de frío y de vergüenza.
Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:
—¿Dónde estará Pedrito? —decían. Y llamaban—: ¡Pedrito! ¡Rica papa,
Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!
Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto.
Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces
que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a llorar.
Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y
recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche.
¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.
Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse
ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón.
De noche bajaba a comer y subía enseguida. De madrugada descendía de nuevo,
muy ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste
porque las plumas tardaban mucho en crecer.
Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora
del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera
pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con
lindísimas plumas.
—¡Pedrito, lorito! —le decían—. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas
brillantes que tiene el lorito!
Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía
tampoco una palabra. No hacía sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo
que es hablar, ni una sola palabra.
Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana
siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco.
En dos minutos le contó lo que le había pasado: un paseo al Paraguay, su
encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento cantando:
—¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!
Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.
El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una
piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla
tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió
junto con Pedrito el viaje al Paraguay.
Convinieron en que cuando Pedrito viera al Tigre, lo distraería charlando,
para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.
Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba,
mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió
un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes
fijas en él: eran los ojos del tigre.
Entonces el loro se puso a gritar:
—¡Lindo día!… ¡Rica papa!… ¡Rico té con leche!… ¿Querés té con leche?…
El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber
muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esta vez no se le
escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz
ronca:
—¡Acer-ca-te más! ¡Soy sor-do!
El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:
—¡Rico pan con leche!… ¡ESTÁ AL PIE DE ESTE ÁRBOL!…
Al oír estas últimas palabras, el tigre lanzó un rugido y se levantó de un
salto.
—¿Con quién estás hablando? —rugió—. ¿A quién le has dicho que estoy al
pie de este árbol?
—¡A nadie, a nadie! —gritó el loro—. ¡Buen día, Pedrito!… ¡La pata,
lorito!…
Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él
había dicho: está al pie de este árbol, para avisarle al hombre, que se iba
arrimando bien agachado y con la escopeta al hombro.
Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no,
caía en la boca del tigre, y entonces gritó:
—¡Rica papa!… ¡ATENCIÓN!
—¡Más cer-ca aún! —rugió el tigre, agachándose para saltar.
—¡Rico té con leche!… ¡CUIDADO, VA A SALTAR!
Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose
al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo
instante el hombre, que tenía el cañón de la escopeta recostado contra un tronco
para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un
garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando
un rugido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.
Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque
se había vengado —¡y bien vengado!— del feísimo animal que le había sacado las
plumas!
El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa
difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.
Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado
tanto tiempo oculto en el hueco del árbol, y todos lo felicitaron por la hazaña
que había hecho.
Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que
le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para
tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y
lo invitaba a tomar té con leche.
—¡Rica papa!… —le decía—. ¿Querés té con leche?… ¡La papa para el
tigre!…
Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.
Horacio Quiroga. Cuentos de la selva para los niños: 2. Las medias de los flamencos
jueves, 3 de mayo de 2018
Horacio Quiroga. Cuentos de la selva para los niños: 1. La tortuga gigante
martes, 23 de enero de 2018

Al plantearse la pregunta sobre el
sentido de la vida humana, naturalmente nos preguntamos por su fundamento,
y en ese sentido, la pregunta sobre Dios aparece como un enigma
que quisiéramos responder.
En el libro "Razones para
creer", Juan Antonio Sayés dice: “Si el hombre se plantea el problema de
Dios, es porque se plantea el problema de su propia vida, el sentido de su
propia existencia”. Continúa diciendo el autor que la pregunta
sobre Dios es una pregunta que el hombre llevará siempre en el fondo de su
propio corazón y de la que no podrá prescindir sino al precio de drogar su
conciencia para no enfrentarse con ella.
El autor dice que, en el hombre, en primer
lugar, hay una tendencia a una felicidad infinita. “El hombre programa
planes y proyectos que le dan ilusión, pero experimenta que una vez alcanzadas
esas metas tiene que volver a comenzar de nuevo. Experimenta el hombre así
la finitud de todo lo que consigue y sufre por ello de una insatisfacción
perenne que hace de su vida una continua tensión sin poder lograr nunca un
descanso definitivo, algo o alguien que sea su todo. Esto hace que el hombre se
plantee el problema de su felicidad en términos de infinito, en términos de
trascendencia”.
Seguidamente Sayés dice que aparte de esta sed de
infinito, hay en el hombre otra tendencia de la que no puede prescindir. Dice
que el hombre cuando es joven sueña con entregarse y hacer felices a los demás.
“El joven se dice a sí mismo una y mil veces que su vida va a merecer la pena,
que no va a ser del montón”. Pero, sin embargo, continua el autor,
ocurre que inmediatamente se entra en la vida surgen las decepciones
y puede ocurrir que, el joven renunciando a sus ideales, se vuelva lleno de
escepticismo sobre sí mismo y se diga: “bueno, dado que la vida es así, lo
único que se puede hacer es vivirla tratando de sacarle el mayor jugo posible,
tratando de comprar la felicidad”.
Ante este camino el autor dice que ocurre que el
hombre comprueba que a la larga no es feliz: lo tiene todo desde el punto de
vista material, pero al precio de haber enterrado los ideales nobles de su
juventud… y la felicidad no se compra. El autor se pregunta: ¿Qué hace
el hombre de hoy cuando sospecha de su enorme vacío interior?, a lo que se
responde: el hombre “no tiene otro recurso que no pensar, para no enfrentarse
con él. Ese es el hombre moderno; un hombre que lo tiene todo desde el punto de
vista material, pero con un vacío interior que raya en la angustia y en la
depresión. El único recurso que le queda es no pensar y tratar de vivir
de la experiencia del momento”.
“Nadie como V. Frankl ha dado con la clave del hombre
moderno” continúa diciendo Sayés. “Ha venido a decir Frankl que la dimensión
más profunda del hombre no es el sexo, como pretendía Freud. La
dimensión más profunda del hombre desde el punto de vista psicológico es la
trascendente: El hombre necesita una razón para vivir, una razón para sufrir,
una razón para dar lo mejor de sí mismo, una razón para morir. Y cuando
carece de esta razón, enferma; y enferma de la enfermedad típica de nuestro
tiempo, que es la angustia. Sayés dice que la enfermedad de hoy es la angustia,
el inmenso vacío que el hombre de hoy, que quiere comprar la felicidad, lleva
en el fondo de su corazón.
La felicidad—decía V. Frankl—no se puede buscar nunca
directamente; sólo puede venir como consecuencia de haber entregado lo mejor de
nosotros mismo por una causa noble. Ante esto concluye Sayés que el hombre moderno que
carece de ideales para dar lo mejor de sí mismo, se cierra por ello a la
posibilidad de la felicidad. Y continúa diciendo: No se puede entregar la vida
cuando no se sabe lo que es: Sólo cuando sabemos que venimos del amor y que
volvemos a él venciendo el sufrimiento y la muerte es cuando podemos dar lo
mejor de nosotros mismo con desinterés y alegría.
Continúa diciendo el autor que las cruces y
los interrogantes de la vida son aún más. “El mal no sólo lo encuentra uno
en la decepción que recibe de los demás. Lo encuentra también uno mismo en la
impotencia de ser constante en el bien, en la incapacidad para cumplir todas
las exigencias que manan de la vida. Añadamos a esto la existencia del mal y
del sufrimiento injustos que se dan en el mundo. Añadamos el cúmulo de
injusticias que a veces pesan sobre el hombre. Añadamos aquello momentos de la
vida en los que llegamos a pensar que en el mundo frecuentemente triunfa el mal
sobre el bien.
Hay finalmente, dice Sayés, una certeza de la
que el hombre no se puede liberar: La certeza de la propia muerte, la
certeza de un fin que acabará con todas sus ilusiones. Pero ante la muerte dice
el autor el hombre no puede resignarse, porque ésta es algo que aplasta y
entierra su sed permanente de felicidad.
El autor menciona que Camus decía que el hombre no
tiene esperanza trascendente, sino que está obligado a realizar en su vida un
esfuerzo enorme e inútil que no conduce a ninguna parte, que la existencia es
un repetir de actos y de esfuerzos sin sentido alguno. Dice Camus: “sólo hay un
problema filosófico verdaderamente importante, el suicidio. Juzgar sin la vida
vale o no vale la pena de ser vivida es responder a la cuestión fundamental de
la filosofía”.
Concluye Sayés diciendo que el hombre no puede
“pasar de Dios”, sólo puede pasar de Dios apagando, desoyendo la voz de su
conciencia, aturdiéndose por el consumismo y la satisfacción inmediata,
drogando la voz de su interior que le pide un sentido pleno para su vida. Este
deseo de sentido último, este interrogante sobre la vida y la muerte que lleva
en sí mismo el hombre de todos los tiempos, es el planteamiento justo del
problema de Dios.
El autor termina diciendo que estos
interrogantes nos muestran que el problema de Dios tiene sentido para el
hombre y que nadie puede ser indiferente a ello, dice que ese deseo es una
prueba de que tendemos al infinito, pero sin embargo no es una prueba de que el
infinito existe. Dice que no nos basta el deseo de Dios, sino que hay que
buscarlo.
sábado, 5 de agosto de 2017
7 costumbres de la Edad Media más asquerosas de lo que imaginaste
Desde la caída del Imperio Romano y hasta el siglo XVI, la esperanza de vida en Europa apenas superaba los treinta años. No había mujer que no viera morir al menos a uno de sus hijos antes de los cinco años, pues cada recién nacido tenía más probabilidades de perecer que de superar el primer lustro de vida.
La organización social favoreció la desigualdad a gran escala, pero la inmundicia y las condiciones higiénicas eran igualmente pobres, tanto para los señores feudales como para los siervos. La concentración de la población en burgos y villas levantadas alrededor de castillos no hacía más que agravar la situación. No existía el drenaje, ni el concepto de basura, los restos de comida se mezclaban con excremento humano en el suelo y los animales portadores de virus y bacterias deambulaban entre los cuerpos humanos durante la noche.
La guerra y la peste eran condiciones frecuentes que reproducían la podredumbre a gran escala. Los cadáveres en descomposición quedaban al exterior por temor a un contagio y al mismo tiempo, significaban un foco de infección que recrudecía con la presencia de ratas y otras alimañas.
Las historias de castillos, princesas y reyes rodeados de un gran lujo describen a la perfección los cuentos de hadas y una caracterización idealizada de la Edad Media, pero las condiciones de vida en la época eran muy distintas a lo que muchos creen. Éstas son algunas asquerosas costumbres del medievo:
Lavado de cara
Especialmente en la nobleza, el lavado y la exfoliación facial se realizaba con orina, porque se creía que tenía un efecto para eliminar las impurezas de la piel, especialmente cuando se encontraba más caliente. En la actualidad, sabemos que esta práctica no estaba tan errada, muchos productos antisépticos del presente están hechos con amoniaco, elemento abundante en grandes cantidades en la orina.
Papel higiénico
A pesar de que una versión primigenia del papel higiénico ya era utilizada en China en los primeros siglos después de Cristo, en la Edad Media se utilizaba la mano y en ocasiones, un par de hojas después de ir al baño. Esto traía consigo la proliferación de enfermedades intestinales, pues los cubiertos de mesa aún no existían y nadie solía lavarse las manos.
Pelucas y gorros
Más que responder a una cuestión de moda y estilo, el uso de largas y rizadas pelucas o los gorros que formaban parte de la indumentaria de las personas durante el medioevo, obedecían a un principio básico de la física: el cabello de todas las personas era sucio y estaba lleno de piojos. Llevar algo en la cabeza aseguraba que se mantuvieran en su sitio, especialmente durante la hora de comida.
Pisos de paja
El piso de las casas de los desposeídos estaba hecho en su totalidad de paja. Las personas creían que amontonar paja era una forma efectiva de mantener limpio y cómodo un espacio; sin embargo, las plagas, los ratones, la orina y los excrementos se conservaban mejor en ella. El olor era insoportable y sólo después de años, se agregaba nueva paja.
Medicina
El conocimiento de la medicina avanzó más en dos siglos de Ilustración que durante más de 800 años de Edad Media. Uno de los tratamientos más utilizados para toda causa de dolencias eran las sanguijuelas, que se consideraban con propiedades capaces de absorber los males y regresar la salud. Era común ver a personas con sanguijuelas por todo el cuerpo como tratamiento para la fiebre, la peste y otras enfermedades de entonces.
Baños públicos
Los romanos se especializaron en la construcción de acueductos, canales y baños que juntos formaron redes de drenaje eficientes para su época, pero la tradición quedó olvidada durante el oscurantismo en toda Europa. Los privilegiados solían tener una fosa común con retretes de piedra para ir al baño, pero el agua se mantenía estancada y pestilente hasta que se retiraba; mientras el resto solía orinar o excretar casi en cualquier lugar de la calle o sus casas, cubriéndolo con tierra, paja o hierba.
La ducha
El cristianismo sepultó las tradiciones griegas y romanas sobre el cuidado del cuerpo y construyó mitos alrededor de la higiene y específicamente, sobre el baño corporal como una actividad indeseable por Dios. La mayoría de las personas pasaban meses sin que el agua tocara algunas partes de su cuerpo. Algunos registros afirman que en promedio, el individuo del medievo se duchaba entre cuatro y cinco veces al año, cuando sus prendas estaban tan adheridas a la piel que no era posible separarlas sin agua. No obstante, la Iglesia corrigió su punto de vista y para la Baja Edad Media adoptó ritos a favor del agua. La Edad Media es un punto en la historia que demuestra que el devenir y el progreso humano dista de ser lineal. Los distintos saberes acumulados por las grandes civilizaciones antiguas perecieron y el conocimiento se mantuvo más concentrado y hermético que nunca durante siglos.
Fuente: http://culturacolectiva.com/7-costumbres-de-la-edad-media-mas-asquerosas-de-lo-que-imaginaste/
Lavado de cara
Especialmente en la nobleza, el lavado y la exfoliación facial se realizaba con orina, porque se creía que tenía un efecto para eliminar las impurezas de la piel, especialmente cuando se encontraba más caliente. En la actualidad, sabemos que esta práctica no estaba tan errada, muchos productos antisépticos del presente están hechos con amoniaco, elemento abundante en grandes cantidades en la orina.
Papel higiénico
A pesar de que una versión primigenia del papel higiénico ya era utilizada en China en los primeros siglos después de Cristo, en la Edad Media se utilizaba la mano y en ocasiones, un par de hojas después de ir al baño. Esto traía consigo la proliferación de enfermedades intestinales, pues los cubiertos de mesa aún no existían y nadie solía lavarse las manos.
Pelucas y gorros
Más que responder a una cuestión de moda y estilo, el uso de largas y rizadas pelucas o los gorros que formaban parte de la indumentaria de las personas durante el medioevo, obedecían a un principio básico de la física: el cabello de todas las personas era sucio y estaba lleno de piojos. Llevar algo en la cabeza aseguraba que se mantuvieran en su sitio, especialmente durante la hora de comida.
Pisos de paja
Medicina
El conocimiento de la medicina avanzó más en dos siglos de Ilustración que durante más de 800 años de Edad Media. Uno de los tratamientos más utilizados para toda causa de dolencias eran las sanguijuelas, que se consideraban con propiedades capaces de absorber los males y regresar la salud. Era común ver a personas con sanguijuelas por todo el cuerpo como tratamiento para la fiebre, la peste y otras enfermedades de entonces.
Baños públicos
Los romanos se especializaron en la construcción de acueductos, canales y baños que juntos formaron redes de drenaje eficientes para su época, pero la tradición quedó olvidada durante el oscurantismo en toda Europa. Los privilegiados solían tener una fosa común con retretes de piedra para ir al baño, pero el agua se mantenía estancada y pestilente hasta que se retiraba; mientras el resto solía orinar o excretar casi en cualquier lugar de la calle o sus casas, cubriéndolo con tierra, paja o hierba.
La ducha
El cristianismo sepultó las tradiciones griegas y romanas sobre el cuidado del cuerpo y construyó mitos alrededor de la higiene y específicamente, sobre el baño corporal como una actividad indeseable por Dios. La mayoría de las personas pasaban meses sin que el agua tocara algunas partes de su cuerpo. Algunos registros afirman que en promedio, el individuo del medievo se duchaba entre cuatro y cinco veces al año, cuando sus prendas estaban tan adheridas a la piel que no era posible separarlas sin agua. No obstante, la Iglesia corrigió su punto de vista y para la Baja Edad Media adoptó ritos a favor del agua. La Edad Media es un punto en la historia que demuestra que el devenir y el progreso humano dista de ser lineal. Los distintos saberes acumulados por las grandes civilizaciones antiguas perecieron y el conocimiento se mantuvo más concentrado y hermético que nunca durante siglos.
Fuente: http://culturacolectiva.com/7-costumbres-de-la-edad-media-mas-asquerosas-de-lo-que-imaginaste/
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